SOBRE LA CHICA QUE LEE

Hace un par de años, una amiga me dijo que para mí Roland Barthes es como el I’Ching. Y tiene un poco de razón. No sé si lo consulto cual oráculo, pero sí considero que me acompaña en diferentes situaciones.

Nunca leí por aburrimiento. Quizás, siempre, leí por búsqueda. Y con los años me volví más lectora. No en vano, yo que soy poco fan de los balances, cedo y hago mi versión literaria año tras año. Un ritual. Lo que tiene de especial es que ningún libro permanece en el debe. En todo caso, algunas lecturas me gustan más que otras. Pero se trata de leer. O de vivir. O de vivir leyendo. O de leer para (re)vivir.

Soy la típica persona que subraya los libros, que anota en los márgenes y que cuando algo excede cualquier palabra para su definición lo destaca con un signo de exclamación (un símbolo en el lenguaje peirceano)

Compro por recomendación, por novedad, porque deben estar sí o sí en una biblioteca; y, por sobre todo, por intuición – como en la vida- No sé si es mi ascendente o qué, pero confecciono listas interminables con los ejemplares que quiero. Y que sé, a ciencia cierta, que no voy a poder leer en esta vida. Pero como lo (re)conozco desde un principio, me ahorro un par de frustraciones.

Es muy raro que regrese de una librería sin un libro. O varios. Sería casi imposible. Y de hecho lo es. Confieso que fui a lugares recónditos sólo para dar con ese ejemplar único en el planeta Tierra (bueno, exagero un poco) a poquísimas horas de viajar (no exagero nada). Y, además, leo varios al mismo tiempo (aunque no siempre fue así).

Mi balance literario. Versión 2016.

También, soy de las que regalan extractos de libros cuando los autores dicen mucho mejor las cosas que quiero decir. O al menos más poéticas. O para que duelan menos. O para que lleguen más. O para no incomodar al otro. O por inseguridad. No sé si funciona. Pero lo hago igual. Soy, tremendamente, insistente para algunas cosas que quiero. E imperfecta.

Aún me sorprende (y espero nunca perder la capacidad de asombro, esa que nos acerca a los niños y a su mirada honesta) cuando amigos y conocidos me piden títulos para sumar a sus listas (aún pudiendo consultar a otras personas mucho más preparadas. Misterios de la vida). Confieso que recomiendo desde mi lugar de lectora y de lo que la historia generó en mí. Para nada erudita.

Considero que hay libros que debiesen ser leídos por todo el mundo (claro, desde una postura, totalmente, subjetiva). Como el caso de Roland Barthes y sus fragmentos amorosos. Les aseguro que se reconocerían en una o varias de sus figuras discursivas. O en esa especie de monólogo desesperado (hablado o imaginado) de todo enamorado. Y qué le vamos a hacer: “Es el amor…”, dice Borges al comienzo de su poema El amenazado – mi favorito-.

Pienso que el mundo debiera ser un lugar mejor, pero siento que los libros, de alguna manera, contribuyen – aquí y ahora- a escaparnos, por un momento, de nuestras realidades y vagar por los rincones de la imaginación. Y sonrío. Pequeñas justicias cotidianas le dicen.

Me asocian con una frase que digo a menudo: Enamorate de un chico que lee (#EnamorateDeUnChicoQueLee en lenguaje twittero). Me divierte. No me importa qué leen, me gusta que lean.

No sé si entiendo mucho, poco o nada de la vida. Pero, sí estoy segura de dos cosas. La primera es que un libro es cariño en letras. Y la segunda es que la lectura es un hábito y, como tal, se construye. No importa si leen sólo un libro o medio o algunas páginas al año. En este aspecto, el tiempo juega a nuestro favor.

La chica que lee es universal y nos engloba a todas. Y a ustedes, también, chicos. Espero que se apropien de este espacio como más les guste y, por sobre todo, que lo disfruten.

Por último, les agradezco infinitamente a quienes me dijeron que debía hacer algo con y por mi amor a los libros. Se trata de ese grupo de personas que me quieren, y me quieren bien (que no es poco).

A mí me gusta jugar (en el buen sentido) con las palabras. Con las ajenas y con las propias. Así que bienvenidos al juego y que cada uno atienda su parte. O mueva sus fichas.

“Lean libros” (sí, tomamos prestada la frase y nos hacemos eco. O música).

¡Bienvenidos!

Cariños.