LITERATURA PARA RECOMENDAR

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Esperando a Mister Bojangles, un salto de amor

…y la música de los sentimientos.

En un sentido metafórico, nunca nada pudo emparentar tanto al amor como la locura. Para muestra no sólo bastan las historias de ficciones; el historial de cada uno de nosotros es un buen ejemplo. Decimos que “nos volvemos locos” cuando alguien nos gusta demasiado y nos genera sentimientos y sensaciones como nadie más podría hacerlo, y que no podemos controlar; hacemos “locuras por amor” o por el amor de esa persona, el sentimiento parece avalar; el amor nos hace “delirar” y volar. Nos juramos amor eterno cuando nos enamoramos, y en caso de pasar por el altar: “Hasta que la muerte nos separe”. La lista podría continuar hasta el infinito. Lo sé, puede sonar exagerado y hasta asfixiante, pero que levante la mano quien no se sintió identificado con alguna de estas situaciones (o con varias).

De todo lo anterior (llevado al extremo) parece nutrirse Esperando a Mister Bojangles, la primera novela de Olivier Bourdeaut* (que en principio fue editada por un sello independiente con una tirada de 10000 ejemplares ¡que se agotaron a la semana!). Sí, el título remite a la canción de Nina Simone: Mr Bojangles (y no resulta un detalle menor). Se trata de la canción que los padres del narrador escuchan una y mil veces (un mundo familiar al que, durante mucho tiempo, consideró como especial, pero nunca como “anormal”, según el parámetro estándar): “Mis padres bailaban a todas horas, en todas partes. Por la noche, con sus amigos; por la mañana y por la tarde, los dos solos…Bailaban de una forma realmente increíble, arrollándolo todo a su paso…Sobre la cómoda del salón, ante una enorme fotografía en blanco y negro de mamá saltando a una piscina en traje de noche…Era el único disco que tenía derecho a girar en aquel aparato…Aquella canción era realmente loca, triste y a la vez alegre, y hacía que mi madre se pusiera igual”. Los primeros síntomas (la palabra resulta acorde) comienzan a desentrañarse en esta cita para dar cuenta de una historia que se desvía del común denominador. La embriaguez del amor aquí es total.

Como si hiciesen falta más características para condimentar este mundo particular, su padre llama a su madre todos los días de una manera diferente“Nunca he sabido muy bien por qué, pero él nunca llamó a mi madre del mismo modo más de dos días seguidos. Y a ella le gustaba bastante aquella costumbre, aunque se cansaba de algunos nombres antes que de otros. Todas las mañanas, en la cocina, la veía observar a mi padre, seguirlo con una mirada risueña, con la nariz hundida en el cuenco del desayuno o la barbilla apoyada en las manos, mientras esperaba el veredicto”. A su vez, somos testigos de una clara dependencia emocional que se vislumbra con el correr de las páginas, pasando de una mera muestra de cariño hacia el otro que se quiere a una verdadera necesidad para su existencia: “Y ella bailaba para que volviera el señor Bojangles. Por eso bailaba a todas horas. Simplemente para que volviera…No puedo pasarme el día esperándolo, no puedo vivir sin usted! Su sitio está a nuestro lado…Es más, me pregunto cómo se las arreglan las otras personas para vivir sin usted”. Si a esto le sumamos que su mascota es una grulla, Doña Superflua, el panorama es por demás de elocuente.

Un relato que comienza a leerse en clave surrealista, pero que medida que avanza la trama se sumerge en una profunda ¿tristeza, melancolía? que tiñe sus páginas. Una especie de lado A -y estrafalario- sobre el universo familiar del protagonista y un lado B que se mezcla (en principio tímidamente) con la narración y que remite a unos cuadernos de su padre (testigos fieles de la historia oficial, esa que se cuenta sin artilugios). “El creía que era un juego, la mayoría de las veces miraba a su madre riendo, pensando que seguía interpretando voluntariamente uno de sus delirantes papeles…así que yo me esforzaba por no parecer demasiado sorprendido ni triste…Esto escribió mi padre en sus cuadernos privados, que leí más tarde, después. Puede que aquello no tuviera pies, pero desde luego tenía cabeza, y no una cualquiera”. Esta claro, Esperando a Mister Bojangles admite una lectura “rayuelable”.

El clímax de la historia que, como corresponde, anticipa su desenlace puede resumirse en la Operación Liberty (un título bastante evocador). “La metamorfosis de mamá se inició poco después de uno de sus cumpleaños…No vimos nada, sólo lo percibimos. Nos dijimos que su originalidad seguía subiendo peldaños, que había llegado al siguiente rellano…Así que seguimos con nuestra vida, nuestras fiestas y nuestros viajes al paraíso”. Pero “El problema era que estaba perdiendo la cabeza por completo. Desde luego, la parte visible seguía sobre sus hombros, pero nadie sabía adónde iba el resto. La voz de mi padre ya no bastaba para calmarla”. Frente a esta situación, tomar medidas “institucionales” parecía ser el camino correcto para darse cuenta, después, de cuán imposible resultaba para el bien de todos. La Operación Liberty se pone en marcha. “Pero en el árbol, tu madre es al mismo tiempo las raíces, las hojas, las ramas y la cabeza, y nosotros somos los jardineros que vamos a hacer que el árbol se mantenga en pie y no termine por desarraigarse”, le dice su padre.

Si bien esta historia parece alejarse de las propias, nos interpela y nos invita a la reflexión. ¿Qué somos capaces de hacer por amor (en el sentido más amplio del término)? ¿Cuánto extendemos los límites para proteger a aquellos que queremos? ¿Cuánto tiempo podemos sostener estructuras que no hacen más que debilitarse? ¿Y cuánto podemos permanecer en la fragilidad de una burbuja? 

En el amor parece que todo vale, y que siempre estamos esperando a alguien que nos rescate, principalmente, de uno. También es cierto que, en el afán de querer salvar al otro, nos damos cuenta de que no nos podemos salvar ni a nosotros mismos. A veces, saltamos, esperando encontrarnos tras el abismo. En Esperando a Mister Bojangles por amor se crean historias (para que la vida duela menos): “Cuando la realidad sea aburrida y triste, invéntese usted una buena historia y cuéntemela”, le ruega su madre al protagonista

¿Podemos elegir en el amor? ¿Acaso no es la música de los sentimientos? Es probable que esta embriaguez nos arrastre a todos. Dicen que el amor no tiene cura “…pero, como todo lo que se hace de corazón, era soportable”. Y, muchas veces, es la cura para otros males. Ya lo dijo Leonard Cohen.

Epílogo

“Cuando conocí a su madre, había hecho una apuesta, había leído todas las cláusulas, firmado el contrato, aceptado las condiciones generales y dado el visto bueno a las contrapartidas. No me arrepentía de nada, no podía arrepentirme de aquella dulce marginalidad, de aquellos constantes cortes de mangas a la realidad, de aquella forma de hacerles burla a las convenciones, al reloj, a las estaciones, de sacarle la lengua al que dirán…Yo no podía resignarme a terminar la novela que era nuestra vida sin añadirle un punto final teatral. Teníamos que ofrecerle a nuestro hijo un desenlace a la altura de lo que había sido la narración: un folletín alegre, lleno de sorpresas y rebosante de amor…”

Bonus (track). Que Nina Simone nos susurre toda la noche. Y toda la vida… ♪ ♫ ♩ ♬♪ ♫ ♩ ♬

Lean libros

*Nota 1: en 6 meses sale su nueva novela.

*Nota 2: pueden leer sobre el paso de Olivier Bourdeaut en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires aquí.

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Soy sólo una chica (indómita) que lee y escribe. Formalmente: Licenciada en Comunicación Social y Periodista.

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