LITERATURA PARA RECOMENDAR / RESEÑA

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De máquinas de escribir, y de historias

Pocas relaciones tan estrechas como las de un escritor y su máquina de escribir (o en estos tiempos que corren cualquier otro dispositivo más tecnológico). En ella vuelca toda su imaginación, su creación, pero, también, sus intentos fallidos, sus fracasos, sus horas eternas sin resultados tangibles. Lejos de cualquier separación temporal, el vínculo entre ambos parece estrecharse aún más. Nadie conoce más la intimidad de un autor que su cómplice en el acto de escribir.

Remington Número 1

La historia cuenta que un 23 de junio de hace muchos, muchos, años, para ser más exacta 149 años, la compañía Remington Arms de EUA puso a la venta la primera máquina de escribir. El invento de Christopher Sholes fue la primera opción real para reemplazar las plumas y los lápices. No así la poética de los escritores porque el medio nunca será el mensaje. Afortunadamente.

Paul Auster y su Olympia

Me parece tan interesante cómo se conjuga todo, en un orden tan invisible como maravilloso, que, hace un par de meses, una amiga me prestó este libro: La historia de mi máquina de escribir, de Paul Auster. Es un ejemplar para leer (aunque suene redundante) y para ver. ¿Por qué? Porque cuenta con ilustraciones (bellísimas, por cierto) de Sam Messer. Una historia narrada y una historia dibujada para una alquimia perfecta. Un juego de texturas.

Para Paul Auster su Olympia es mucho más que una simple herramienta de trabajo “Era una Olympia portátil, fabricada en Alemania Occidental. Ese país ya no existe, pero desde aquel día de 1974, del teclado de esa máquina ha salido hasta la última palabra que he escrito”. Sobre la posibilidad de cambiar a una de tipo eléctrica el escritor es contundente en su apreciación: “Yo prefería la suavidad de la Olympia. Era agradable al tacto, funcionaba estupendamente, se podía contar con ella. Y cuando no se le estaba aporreando las teclas, guardaba silencio. Lo mejor de todo es que parecía indestructible”. Esa idea de suave fortaleza (que no significada debilidad) parece ser un rasgo de humanización. Un mundo de sensaciones parece extenderse sin conocer los límites del tiempo: “Pero ahora que se había convertido en una especie de peligro de extinción, uno de los últimos artefactos que quedaban del homo scriptorus, del siglo XX, empecé a sentir cierto afecto por ella. Me di cuenta de que, me gustara o no, teníamos el mismo pasado. Y, con el paso del tiempo, llegué a comprender que también teníamos el mismo futuro”

¿Cómo ingresa Sam Messer en toda esta historia? El mismo Auster se encarga de contarnos: “Las pasiones de los artistas son inescrutables”, dice de manera contundente. El abordaje emocional para convertirla en “un personaje heroico” tiene que ver con el enamoramiento que sucedió entre el artista y el objeto. “Creo que, en su momento, incluso logró convencerla para que le abriera su corazón”

🎨 Una pincelada de autor: “Sam ha tomado posesión de mi máquina de escribir, y poco a poco ha ido transformando un objeto inanimado en un ser con personalidad y presencia en el mundo. La máquina tiene ahora deseos y estados de ánimo, expresa cólera ciega y alegría exuberante, y encerrado en el interior de su metálico cuerpo gris, casi podría jurarse que se escucha el latido de un corazón…me resulta difícil pensar en mi máquina de escribir como en un eso. Sin prisa pero sin pausa, eso se ha convertido en ella”

Ya lo dijo Simone de Beauvoir: “Escribir es un oficio que se aprende escribiendo”

¿Una fantasía? Conocer las máquinas de escribir de mis escritores preferidos.

Lean libros.

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About Author

Soy sólo una chica (indómita) que lee y escribe. Formalmente: Licenciada en Comunicación Social y Periodista.

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