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El don de la elegancia

Milena Busquets a esta altura del partido (y si tenemos que elegir un equipo que nos represente que sea el Barça, para felicidad de la autora y de sus hijos), se convirtió en una escritora favorita. Se trata de esas personas que, ante la pomposidad de mundos prefabricados y pensados al extremo (tiempo de redes sociales y cultura del like a como dé lugar, y de la que todos, en mayor o menor medida, somos partes de esos modelos para armar, pero casi nunca para desarmar), propone en Hombres elegantes y otros artículos, su último libro, la elegancia del gesto: “…como es siempre el caso con la verdadera elegancia, tiene mucho más que ver con la buena educación, la cultura y la inteligencia que con las mundanidades y el glamour”. En Milena, la vida (y la elegancia) no parece transcurrir en selfies (previamente ensayadísimas y a las pruebas de nuestro carrete de fotos me remito) sino en instantáneas, donde prima la espontaneidad, y en las cuales el cálculo y la estrategia son verdaderos sinsentidos.

Hombres elegantes y otros artículos es una selección de textos escritos durante los últimos años, en diferentes medios españoles. Puede tratarse de una delicada radiografía donde los detalles ascienden a lujo (nimios a los ojos de varios). Es allí donde lo ordinario se vuelve extraordinario gracias a la magia de quien sabe mirar, y contar.Ahí está la elegancia que, como tal, se desvela a lo largo de las páginas. Intentar exponerla explícitamente no sería más que (un gesto) burdo.

¿Cómo la autora retrata el mundo elegante? Con la experiencia, con cuestiones factibles. Para hacerlo hace uso de: los besos perfectos, los veranos interminables, sus queridas Cadaqués y Barcelona, sus (y los) hijos, los perros, los detalles que anticipan la llegada de la primavera, los bares, la política, sus amigos, los años en el Liceo Francés, Proust, Chéjov, Ingmar Bergman, Umberto Eco, Ana María Moix, Natalia Guinzburg, su madre, el amor

En uno de los últimos artículos (precisamente en Como una reina), Milena escribe: “Los hombres de carne y hueso que he encontrado a lo largo de mi vida han resultado ser siempre más interesantes, más complicados, más extraños y más sensibles que todos los príncipes azules de los cuentos y de las películas” Y agrega otro tanto en Ada al volante: “No soy en absoluto fetichista, pero a veces relaciono los zapatos con los hombres: hay hombres de tacón, hombres de zapato plano, hombres que te elevan, hombres que te aplastan, hombres que te hacen perder el equilibrio y mis favoritos: hombres con los que desde el principio te imaginas descalza y con las uñas pintas de rojo”

Según la escritora la elegancia es: empatía, inteligencia (que dista de la simple suma de conocimientos), compasión y vulnerabilidad.  Es sensorial y emocional porque se trata de experiencias para compartir. También es un llamado (amoroso) a la reflexión para cuestionar nuestras estructuras y nuestra forma de pensar, pero no para renegar de nuestros orígenes. Tiene que ver con una forma de moverse, de mirar-se (bendito don de la mirada profunda) y de prestar atención (uno de los mejores regalos que podemos dar y recibir). La elegancia se trata, a su vez, de la bondad, de la falta de insulto y de grito como “estrategias” para la atención, del humor, de sonrisas que animan. Es sensibilidad en el sentido más amplio de la palabra, es valentía para decir “no sé esto, no me sale, no puedo hacerlo mejor”. Es integridad, libertad, lealtad, y honorabilidad. Y por qué no algún par de contradicciones (¿Acaso no se trata de humanidad?).  Elegancia es, también, reconocer los propios defectos porque quien lo hace los mira de frente y no los padece. Es tener voz propia. Un verdadero acto de amor (principalmente para con uno, pero no por ello egoísta).

La elegancia convierte al hombre (y la definición no remite a una cuestión de género, sino a una persona con historia) en un ser que fluye y que es auténtico. Probablemente su mejor característica sea la belleza de su mundo interior. A veces, y sólo a veces, pareciera difícil encontrarlo, pero hay que saber buscar(lo). Es casi, y echamos mano a la metáfora, como esa prenda clásica que se esconde en uno de los últimos percheros en la tienda de moda, que parece pasar desapercibida. Pero, que tiene ese no se qué que nos llama irremediablemente la atención. Quizá se trate de esencia. En la medida de lo posible, aferrarse a la compañía de la elegancia es la respuesta. No hay mucha dando vuelta, sobre todo en un mundo que se mide a base de tendencias o de TT (Trending Topic).


La autora es ácida, provocadora, perpicaz, lúcida y con una grado de sinceridad absoluta (capaz de hablar de sus desventuras, y no avergonzarse por ello). He aquí una mujer elegante con una mirada original y transparente. Gracias Milena por tu élégance. Es probable que la elegancia tenga más que ver con la desnudez porque, claro, nunca somos más elegantes que cuando nos mostramos vulnerables.

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Soy sólo una chica (indómita) que lee y escribe. Formalmente: Licenciada en Comunicación Social y Periodista.

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