LITERATURA PARA RECOMENDAR

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Prohibido morir aquí, la escenografía de la espera

En el hotel Claremont se espera. Se espera como en cualquier otro lugar. No, se espera más. Se espera con los achaques de la vejez. Se espera que el tiempo no pase tan de prisa porque se sabe finito. Se espera el ascensor. Se espera el menú, aunque siempre es el mismo y se lo sabe de memoria. Se espera la rutina de leer el menú. Se espera guardar las apariencias. Se esperan visitas. Algunas llegan esporádicamente. Se esperan, también, las que se sabe no van a venir. Pero, se las espera con ilusión. Se espera tejiendo. Sweaters o planes. Se espera escuchando. Se espera opinando sobre el resto. Se espera con murmullo. Se espera poder bajar las escaleras. Se espera con ropa de gala, de antaño, para la cita perfecta. Se espera que algo saque de la rutina. Se esperan nietos “nuevos”. Se espera la conversación con quien se desea. Se espera, también, el silencio. Se espera conservar la dignidad pese a todo. Se espera el humor y con humor. Se espera el amor. Se espera un taxi. Se espera no ser una molestia. Se espera hablar, independientemente de si se lo está escuchando. Se espera poder moverse siempre. Se espera el turno del escritorio para escribir una carta. Y para abollar ciertas versiones antes de la definitiva. Se esperan respuestas a cartas que nunca llegan. Se espera la palabra correcta. Se espera en soledad. Se espera un trago. Se espera la cena de Navidad con sus tristes clásicos de siempre. Se esperan novedades para contar. Se espera con ansiedad. Se espera con melancolía. Se espera con nostalgia. Se espera el encuentro, esa especie de paréntesis. Se espera que algo alivie. Se espera ser salvado. Se espera ser recordado. Se espera no ser olvidado. Se esperan avisos fúnebres que nunca llegan. Y eso, quiza, sirva para eternizarse. En el Claremont se espera. Pero, si algo no se espera es morir ahí.

¿Por qué esperé tanto tiempo para leer a Elizabeth Taylor? Prohibido morir aquí es un descubrimiento maravilloso, editado (y rescatado!) por la querida @labestiaequilatera_editorial. Una historia real y con la crudeza que impone el paso del tiempo (no por por ello con menos ternura y amor). Celebro esta lúcida reflexión sobre la vejez. Estamos de paso. O en hoteles.

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Soy sólo una chica (indómita) que lee y escribe. Formalmente: Licenciada en Comunicación Social y Periodista.

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