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La elegancia del erizo, un haiku de felicidad

Me parecía oportuno comenzar esta reseña de La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, haciendo referencia, a grandes rasgos, al dilema del erizo, que plantea el filósofo Arthur Schopenhauer. En los días de frío, los erizos se acercan mutuamente para hacer frente a las condiciones climáticas, buscando satisfacer una necesidad natural (calor). Ahora bien, cuanto más cerca están, más dolor causan sus púas. La solución no es alejarse por completo, sino encontrar la distancia óptima, que resulta más soportable para poder saciar esta necesidad sin herirse. Hay algo de inteligencia emocional en esta parábola que manifiesta que cuanto más cercana es la relación entre dos seres, es probable que más daño se hagan (no significa que sea intencional), pero que a igual tiempo cuánto más lejana se vuelva más dolor y tristeza puede causar. La clave parece ser, una vez más, el equilibrio. Es factible que equilibrar los vínculos (una especie de amor propio, que poco tiene que ver con egoísmo) sea el desafío más urgente que tengamos los humanos como humanos. ¿Se tratará de sanos límites por y para uno, por y para otros? ¿Frente a quién desplegamos nuestras púas? ¿Qué hay con los mecanismos de defensa conscientes e inconscientes? ¿Ante quién nos mostramos vulnerables? ? ¿Nos permitimos ser en nuestro presente sin un objetivo más que ser? ¿Y sin esperar nada a cambio? ¿O mantenemos nuestra verdadera naturaleza en una especie de clandestinidad para no salir lastimados?

Existen más puntos en común de los que se ve a simple vista entre el dilema que desarrolla el filósofo alemán y el título del libro de Barbery. La filosofía de Schopenhauer tiende puentes con la filosofía oriental; y en este libro Oriente juega un rol fundamental: “Cuando digo mi vertiente japonesa me refiero a mi amor por el Japón”, manifiesta una de sus protagonistas. O el encanto por las camelias (reales y metafóricas), de la otra.

La historia se sitúa en el edificio 7, de la calle Grenelle, en París. Entre esa convivencia coral, dos personajes singulares aparecen. Por un lado, Renée, la portera. Por el otro lado, Paloma, una niña que en su próximo cumpleaños de 13 planea suicidarse y prender fuego su casa. Esto, según su perspectiva, no tiene que ver con delirios piromaníacos, sino con un llamado de atención al mundo y a su familia, y al accionar de los dos.

Ambas “cargan” con las etiquetas sociales inherentes a su edad, a su condición de clase y a su rol. Renée aparenta ser una mujer común y corriente con un vida gris, rutinaria, aburrida y carente de sentido (por ejemplo, todo los días deja prendida la televisión en algún canal banal ¿Acaso no es lo que se espera de una portera?) Lo que no sabe el resto -en realidad quienes no se atreven a descubrirla y mirar más allá de su apariencia- es que posee un rico mundo interior repleto de conocimientos, sabiduría, lecturas, inteligencia y disfrute. Más de uno de los habitantes del edificio quedaría boquiabierto (Dime de qué alardeas…) si se enterara de la prolífica biblioteca que esconde en su hogar, su belleza y sus gustos refinados (es una aficionada al té – y a su ceremonia- placer que comparte con su amiga Manuela). De hecho, no sólo Renée pasa desapercibida para el resto, también su gato León. ¿Ninguno se puso a pensar que pudo haber recibido su nombre en honor al autor ruso Tolstói? Sí, Renée ama a Ana Karénina. ¿Pero no era una portera?

Por su parte, Paloma, que entiende que somos cuerpo y alma, registra sus últimos meses de vida a través de un conjunto de ideas profundas (belleza del espíritu) que dan cuenta de su faceta más intelectual (sí, goza de una inteligencia extraordinaria y una audacia sin igual; que más de un adulto envidiaría) o “gloria espiritual”, como ella misma lo llama (les dejo una: “Ansío las estrellas más abocada estoy a la pecera”); y un diario del movimiento del mundo dedicado a la belleza que puede encontrarse en los cuerpos y en todo lo encarnado del mundo material: “Entonces, si hay una cosa en el mundo por la que valga la pena vivir, no me la puedo perder”. Un movimiento que invita a desplazarse (por el hecho mismo y no en función de algún beneficio) y a desestructurarse para reestructurarse. Una especie de riesgo, por fuera de nuestra zona de confort: “O te mueves y ya no estás entero, o estás entero y no te puedes mover”. Parece que romperse (en todos lo sentidos) es sinónimo de estar vivo. No suena para nada mal.

“La señora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes”. Cada idea profunda y cada diario de movimiento de Paloma encuentra en Renée su mejor ejemplo práctico.

¿Cuál es el punto de giro de esta historia? ¿Quién es el encargado, el catalizador, de hacer que estas dos almas gemelas se conozcan? Kakuro Ozu, un nuevo inquilino; y nipón, por cierto. Un puente. Ya conocemos el lugar central que le da la tradición oriental a las almas y a la fenómeno de la reencarnación. Y para hacerlo, Ozu, no necesitará de ningún artilugio excéntrico. Sólo le basta ser, saber cómo mirar al otro, tener una mirada comprensiva y compasiva. Se trata de descubrir a ese otro, de verlo, que poco tiene que ver con dones de otro planeta o con fórmulas secretas, sino con la sensibilidad para encontrar ese brillo particular que todos escondemos (nuestro diamante). Él lo hará con esa sutileza y delicadeza exquisitas propias de Japón.

La elegancia del erizo es un retrato sobre temas universales como: los prejuicios, las injusticias, el dolor, el sufrimiento, la arrogancia, la soberbia, el deber ser; además, la crítica a las incongruencias, a los clichés y a los lugares comunes; también, y por sobre todo, el amor, la amistad, la solidaridad, la empatía, la sensibilidad, la belleza, la esperanza, el respeto, la dignidad, la propia evolución y el propio progreso, la resistencia frente a destinos que parecen insalvables, la transformación. Y la muerte, que nos interpela y nos invita a reflexionar: quizá no se trate de cómo llegamos a ella sino cómo vivimos la vida. Ya lo dijo Paloma: “Lo importante no es morir ni a qué edad, sino lo que uno esté haciendo en el momento de su muerte”. Tanto ustedes como yo sabemos que los niños siempre dicen la verdad. Deseo que la sinceridad y la honestidad con uno mismo juegue en cada uno, y en sus historias, sus mejores cartas: “…me digo que a fin de cuentas quizá sea eso la vida: mucha desesperación pero también algunos momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual…un siempre en el jamás…a partir de ahora buscaré los siempres en los jamases. La belleza en este mundo” Quizá, finalmente, de esto se trate la felicidad.

 

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Soy sólo una chica (indómita) que lee y escribe. Formalmente: Licenciada en Comunicación Social y Periodista.

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