LITERATURA PARA RECOMENDAR

0

Pompidú, ese sonido del alma

Hace un par de semanas recibí Pompidú, una obra de teatro escrita por Catalina Piotti con ilustraciones, en blanco y negro, de Agustina Marambio de la Vega, que saben acompañar el relato logrando una sinergia maravillosa. Pompidú es para leer(se) y para ver(se).

La autora se permite, a través del arte, poner palabras y hablar sobre aquello que, comúnmente, llamamos “locura”, con un alto grado de ternura y de compasión. Érica, la protagonista de esta historia es una joven con problemas psiquiátricos, que frente a la realidad que le duele tanto (resulta bastante significativo que use un antifaz), decide crear(se) un romance que es, y habita en, la poesía, y que bien podría ser su inconsciente. De hecho ¿no es el amor propio la base de los otros amores? No es un detalle menor que el nombre de este personaje sea Inti, dios del sol, de acuerdo con la mitología Inca. El sol brilla por sí mismo y permite a otros brillar. Da energía, alumbra, ayuda a florecer, brinda calor, protege. Y la lista puede seguir infinitamente.

“El poderoso maneja los hilos de las sensibles marionetas. Las condiciona. Las reprime. Las anula”. Desde tiempos inmemoriales, la sociedad junto a las estructuras de poder (no sólo las clásicas instituciones que lo detentan: el Estado en todos los niveles; también la familia, en algunos casos y en este caso en particular; y hasta el propio individuo), y su visión panóptica, intenta adormecer “lo loco”, “lo distinto”, “lo poco familiar”, “lo extraño”, lo que discurre por fuera de la norma, esa especie de anomalía en el modelo kuhniano. Etiquetar, esconder, ocultar y, en casos extremos, exterminar a ese distinto, fueron (y son) algunas de las formas en las que el poder “muestra” su dominio. La historia de la civilización (muchas veces mal llamada evolución) da cuenta de eso. ¿Y sin en realidad no se trata más que de personas, con una alta sensibilidad, incomprendidas por parte del tejido social? ¿Es la inflexibilidad y el “deber ser” o lo que se espera de nosotros lo que actúa como opresor y “nos vuelve locos”? El guiño con el clásico del cine E.T es maravilloso. Aquí también se pedalea para llegar a la luna, y para escapar de las autoridades que sólo buscan oprimir. “Luna, despoja a los instantes del cáncer de la hipocresía y del aburrimiento” 

“Pompidú con tilde en la u es el museo en el que no habrá vidrios que cubran las obras ni turistas de todo el mundo que vengan con flashes a ver todas mis obras de artes”, manifiesta Érica en un pasaje de la obra. Sabemos que el alma no requiere de ningún velo, de ninguna máscara, de ningún brillo impostado; se muestra tal y como es, y tiene el derecho a hacerlo. El planteo inicial sobre “la locura” nos invita a reflexionar sobre cuestiones más subyacentes para abordar temas como las crisis existenciales y las heridas emocionales, intrínsecas al ser humano. Ser valientes para atravesarlas es tener coraje para mirar nuestro interior, para interperlarnos, y para trascender-nos. A veces, hacernos las preguntas necesarias ya es un (gran) principio y un (gran) paso. Pompidú oficia de catalizador, para los personajes en sí (como el caso de la tía de Érica, quien está al cuidado de la protagonista) y para los lectores. “En la cordura, no hay poesía. Lo que se hace llamar “locura” no es más que algo real que pocos valientes se animan a experimentar”.

“¡No duermas! ¡No duermas! Soñá despierta. Soñar despierto es privilegio de aquellos que están despiertos de consciencia”, anima Inti a Érica, en el transcurso de la historia. Dormir y soñar, pocas veces, son compatibles. ¿Qué hay del ruido interior? ¿Qué puede hacer por nosotros? ¿Somos capaces de escucharlo? ¿Y de derribar nuestros propios prejuicios frente a él? ¿Tenemos miedo a “perder” la propia cordura? ¿Podemos ser libres y nosotros mismos en una especie de “libertad condicionada”? ¿Nos animamos a poner luz sobre lo reprimido?

En Pompidú la liberación (de las propias cadenas) se manifiesta a través del arte, en general, y de la pintura, en particular. Actúa como una especie de ventana que ayuda a la protagonista a expresar su propio ser. Hay tantas opciones como personas. A modo de recordatorio Inti le dice: “Pero jamás de los jamases pinte lo que no quiere expresar. No atente contra su expresión. Si pinta lo que no quiere, entonces, no está pintando. Está complaciendo” ¿Qué se espera de nosotros? ¿Qué espera el resto de uno? ¿O es mejor preguntarse que espera uno de uno mismo? ¿Tenemos que “cargar” con las expectativas ajenas? ¿Quién puede determinar si somos o no somos suficientes? ¿Somos capaces de ser empáticos y compasivos con otros? ¿Y con nosotros mismos? ¿Podemos abandonar la “mirada de terror” que florece cuando vemos a alguien diferente? ¿Y dejar que florezca la mirada de amor? A priori puede ser un ejercicio complicado. Pero, bien vale la pena intentarlo. “Los miedos quieren que te despiertes y que encuentres tu verdad”, que no es más que otra forma de amor, de ser.

Orbitar el propio sistema solar. Animarnos a hacerlo. Animarnos a brillar y ayudar a otros a que hagan lo mismo ¿Estamos  dispuestos a elegir esta opción? ¿O preferimos adormecer nuestra personalidad? ¿Qué voz escuchamos?

Pompidú logra tocar la fibra sensible. Es un llamado a ponernos, de verdad, en el lugar del otro. A empatizar con él. A ampliar la mirada. A dejar que se vuelva caleidoscópica. No es cambiar una situación, sí es cambiar la visión que tenemos sobre ella para observarla desde otra perspectiva. Sólo basta con girar ese caleidoscopio. Pueden probar.

Lean libros. 

 

Share.

About Author

Soy sólo una chica (indómita) que lee y escribe. Formalmente: Licenciada en Comunicación Social y Periodista.

Leave A Reply