La ferocidad del amor

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“Ferocidad: 1) Cualidad de feroz. 2) Dicho o hecho brutal, cruel o atrevido”. Según la Real Academia española.

Lo feroz sin duda nos remite a nuestra parte más animal, a lo más visceral, a lo más instintivo. A la fuerza. Es ahí donde nos identificamos con lo más irracional de nosotros (y de los otros), donde perdemos el control y cualquier tipo de filtro, en pos de una especie del decálogo de la diplomacia, se nubla. Es cierto también que algunas relaciones nos permiten extender el límite. De algún modo, nos volvemos (más) salvajes. Buscamos sobrevivir.

Apegos feroces es el libro que relata las memorias de la escritora, ensayista y activista feminista Vivian Gornick. Es energía en ebullición. Su prosa se impregna de sinceridad y de humanidad para hablar de la relación tan compleja entre madre e hija, en dos momentos tan determinantes para las mujeres: la niñez y la adultez. Aunque vemos que, indefectiblemente, se extiende a otras como una especie de metáfora (y aquí se incluyen: vínculos con hombres, con otras mujeres, y hasta con la profesión y el trabajo); parecería ser que, contra todo anhelo, no podemos fragmentarnos. Sus páginas se cargan de angustia, de momentos divertidos, de complicidad, de tristeza y de reflexiones que no dejan a nadie indiferente. El límite entre la frontalidad y la crueldad se palpa.

“La relación con mi madre no es buena, y a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras.  Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención”

La rutina, que puede rayar la dependencia y la culpa, lleva a las protagonistas (madre ya anciana e hija) a pasear semanalmente por Manhattan. No sólo se trasladan a nivel espacial, también lo hacen a nivel temporal. La vuelta al pasado es una constante, y se traduce en recuerdos de la infancia, en un edificio de viviendas en bloque, en el Bronx. En su niñez, la protagonista (quien lleva el relato) comparte su vida con dos viudas y, de algún modo, con dos referentes femeninos (y feministas) muy distintos: su madre, sumamente terca e inteligente en partes iguales, que experimenta la viudez a una edad temprana (y que adopta el papel de víctima) deriva su existencia de su familia y del amor; y su atractiva y apasionada vecina Nettie (que encuentra consuelo en el sexo, y una manera de sobrevivir frente a la cruda realidad). El recorrido, cual metáfora de la vida, por momentos, no es liviano ni fluido. Los reproches, las discusiones y las cuotas de humor (y el sarcasmo, por qué no?) están a la orden del día. La dinámica se traduce en una tensión entre lo dicho, lo no dicho y lo que se quiere decir. Las relaciones humanas tienden a enviciarse de malos entendidos. Por momentos, se llega a una especie de erotismo emocional, que sólo puede aumentar constantemente. ¿Será que finalmente, y contra todo pronóstico y deseos, nos terminamos convirtiendo en nuestras madres o en los arquetipos conocidos? ¿Podemos rescatar lo bueno de ellas, sin condenarlas o juzgarlas de antemano?¿Será que vivimos en la asfixiante paradoja, tan conocida, de no poder irnos, pero tampoco de no saber quedarnos? ¿De eso se trata el apego?

“La manera que tiene mi madre de “lidiar” con los malos momentos es echarme en cara a gritos y en público la verdad. Cada vez que me ve, dice: “Me odias. Sé que me odias”. Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente – un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos- le dice: “Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia”. Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: “Ésta es mi hija. Me odia”. Y a continuación se dirige a mí e implora: “¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?”. Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia”

Encontrar el propio lugar (o la propia voz) en el (micro)mundo no es tarea sencilla para ninguno de nosotros. Somos seres cargados de creencias (propias y heredadas), vivencias e historias (personales y ajenas). Y en algún punto rodearnos de mujeres tan fuertes puede tambalearnos. ¿Qué determina mi lugar? ¿Quién me determina? ¿Quién me etiqueta? ¿Tengo elecciones? ¿Sólo puedo tener control de mi propio cuerpo y de mis emociones? La búsqueda existencial puede ser de lo más abrumadora para quien tenga la voluntad de embarcarse en dicha tarea. Así y todo, no deja de ser la más verdadera. Y honesta.

La autora plantea la triangulación de las relaciones en esta dinámica. Entre la rabia y el feroz amor (maternal). allí donde se muestran todos los colores de una persona: la protección, la sabiduría, la calidez, la amabilidad, el cariño, la ternura, la dureza, la frustración, los miedos…


Gornick nos interpela a mirarnos de frente. Sin filtros. ¿Y en algún punto sin compasión? Para ello nos regala un relato cargado de sinceridad brutal. Hay libros con vocación de eternos, y Apegos feroces es un clásico ejemplo.
¿Cómo serían los apegos sino feroces?

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Soy sólo una chica (indómita) que lee y escribe. Formalmente: Licenciada en Comunicación Social y Periodista.

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